
¡Fijate¡-me dijo sujetando delicadamente uno de mis pies con sus nudosas manos- parecen las cuerdas de un violín-y siguió con el dedo el surco de uno de mis cinco afilados tendones.
Parece ser que tanto revuelo viene de que los huesos del metatarso de mis pies están ligeramente caídos o eso dice Paco mi-recién-autonombrado-podólogo y añade que eso es debido al uso de zapatos de tacón de aguja de más que 15 cms- y esto último lo dice concentrando la mirada cual mentalista prodigioso en medio de una predicción arriesgada.
Creo que andaba buscando algún asomo de culpa entre mis ojos color coca-cola, pero tengo la conciencia limpia, jamás castigué a mis pies a sufrir ese tipo de torturas. Mantengo la mirada desafiante y niego las acusaciones retadora.
Un zapato imposible aparece iluminado por un relámpago de mi desmemoriada memoria. Un zapato verde con un tacón retorcido en espirales y terminado en una finísima punta. La imagen mental se amplía y puedo ver el empeine de mi pie casi vertical. Me abruma la culpa. Confieso que una vez, una sóla tuve un zapato así.
También puede ser genético- apunta conciliador. Recuerdo los pies de mi madre, copia exacta de los míos y asiento con la cabeza.
Es una pena- me dice. ¿El qué?- le pregunto inquieta, pensando en mis pobres y confiados pies que ni siquiera me duelen. Que los pies vayan tapados, tienes los pies más bonitos que vi nunca. Fíjate-repite- pequeños, delicados, suaves y con esos tendones tan afilados. Es una combinación muy sexy.
Ajá- contesto, calibrando si estoy delante de un fetichista o de un podólogo entusiasmado.
Luego me sube a un aparato donde una luz verde refleja la parte de la planta de mi pie que está en contacto con la superficie. Se agacha y una y otra vez cambia de ángulo mientras registra maquinalmente con interjecciones más dirigidas a sí mismo que a mí todos los sorprendentes hallazgos. Su entusiasmo me recuerda más a un niño jugando con un grillo que a un podólogo serio. Frunzo el ceño, un tanto envidiosa de estar al margen de toda esa diversión.
Finalmente, mete mis pies en una pasta rosa mientras con un humor cada vez menos festivo le escucho decir al aguafiestas- todo lo hago yo, tú no hagas nada- así, empiezo a sentir que me están robando cierta autonomía sobre mis muy desapercibidos pies a los que nunca antes había dedicado tanta atención. Prometo mentalmente recuperar todo ese tiempo perdido en cuanto llegue a casa. Los meteré en agua con sal y les pasaré esa piedrecita tan mona que compré y que nunca uso.
El aguafiestas me saca de mi ensimismamiento para decirme que la semana que viene tendrá mis muy fabulosas plantillas hechas a medida. Y de nuevo, con uno de mis pies entre sus manos recorre las cuerdas de violín que parecen formar mis tendones con la misma mirada concentrada con la que un entomólogo clava una mariposa en un corcho.
A mí la situación me tiene bastante desconcertada, al fin y al cabo mi podólogo es el hermano de mi fisioterapeuta que se coló en medio de una sesión de descontracturación de mi espalda para llevar a cabo un examen gratuito y a traición de mis extremidades inferiores.
Juraría que ahora caminan distinto desde que saben que son extremadamente raros, extremadamente frágiles, extremadamente afilados y extremadamente admirados.
18 de abril de 2007
Extremadamente patológico.
Publicado por
Rosalia
en
09:24
Etiquetas: hablemos de mí que soy un tema fascinante
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