
La nostalgia es de color azul, no el celeste del cielo, es más bien azul marino. El color de la posguerra española, de sus calles sucias y desarrapadas, de sus gentes hambrientas y de sus muchas mentiras es en cambio el color sepia-mentiroso de los negativos de cristal que recogen imágenes dulces y suaves como ésta.
Jamás fue una guerra de hermanos nobles luchando con las normas del perfecto caballero en una mano y un fusil en la otra. No, aquí se mataron con toda la saña del mundo. Se destrozaron y mutilaron. Se fusilaron. Se dispararon por la espalda, se robaron y se violaron mujeres en ambos bandos.
Cuando la guerra acabó, la victoria se edificó sobre los hombros de los perdedores. La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come, dijo hace muchos años Quevedo. Y fue la envidia la que guió masivamente a nuestro pueblo a venderse los unos a los otros, en medio de una carrera en la que al mes eran detenidos diez mil hombres delatados por sus vecinos, hermanos, sobrinos, compañeros de trabajo y amigos. Por todas partes aparecieron los acogotados, cadáveres tirados en carreteras y caminos con un tiro en la nuca, pudriéndose al sol, con el único fin de servir de vehículo al terror, y luego las historias de paseos al amanecer y desaparecidos. La represión fue brutal y mientras todo eso sucedía, nuestros abuelos permanecieron abatidos, gastados y sobre todo mudos de espanto.
El horror provoca esas tragedias de las que nos avergonzamos tanto los europeos que las borramos de la historia y cambiamos sus definiciones en los libros de texto. Así nos luce el pelo, cuando cualquier español puede contar la historia de las madres de la plaza de mayo y sin embargo no sabe que aquí las violaron y las mataron de hambre y terror seco, por eso no tuvimos pancartas con fotos, ni mujeres de ojos llorosos. Las reventamos de hambre, de frío, de miedo y de miseria. Después esperamos 40 años más para tapar sus recuerdos y llenarlos de polvo.
Y cuando enterramos los huesos del Generalísimo, entonces hicimos la transición a la democracia cargados sobre sus hombros. Las miramos a los ojos y les dijimos que había que guardar silencio para preservar la paz, para que no volviera la guerra, para que los milicos se quedaran en sus cuarteles. Tú sabes vieja, es mejor callar. Dejarlo estar y olvidar. Ya no podemos hacer nada por los muertos, trabajemos por los vivos. Ni siquiera necesitamos una ley de punto final. Nosotros, el pueblo soberano, nos unimos por fin, víctimas y verdugos para comenzar en otro punto. Un punto donde se cambiaron los papeles y así los vencidos de una guerra fueron los vencedores al final del camino: callados y solemnes, sin hacer fiestas para que los vencedores ahora ya vencidos no nos sacaran los carros de los cuarteles y otro general tuviera la dicha de llegar a los ochenta años sin que ningún valiente le descerrojara un tiro entre ceja y ceja y lo dejara tirado al borde del camino.
No pagan en vida estos cabrones y en cualquier caso no podrían hacerlo con la suya, una vida miserable, pero me duelen las familias de los ajusticiados sin juicio, de los encarcelados y los enfermos que creyeron que en algún punto les llegaría la justicia y recibieron en cambio un pacto.
Contra tu silencio te ofrezco la libertad y la de tu pueblo, pero tus recuerdos han de permanecer callados, no sea que se molesten mis generales y acaben por echarse a la calle.
Aún viven los niños de la guerra, los escucho hablar en una serie documental en la que nos cuentan como si fueran gente de otro mundo lo que nos pasó en esta tierra no ya en la Guerra, sino en la posguerra que vino detrás. Lo último que oí fue a un hombre decrépito de más de ochenta años que contaba cómo fueron a su casa y se llevaron a su padre y a su hermano, y cómo los fusilaron en el cementerio a la vista de la madre y la hermana y de cómo las cortaron el pelo a tirones con una navaja y de cómo las forzaron en la cuadra y de cómo a él le maniataron y le obligaron a mirar callado. Y todo esto lo contaba y volvía el niño de 11 años a los rasgos del anciano, lloroso y desconsolado a revivir todo ese horror y toda esa angustia. Y yo me preguntaba cómo alguien puede seguir viviendo con algo así en el pecho. Y lo peor, como pudo estar callado día tras día y hora tras hora viendo a esos hombres en su mismo pueblo hasta el día en que muchos años después se fueron muriendo de viejo.
Así que no puedo evitar pensar que esta democracia de la que tanto alardeamos y que con tanto orgullo ponemos de ejemplo en algunos lugares de América del Sur nos costó volver a masacrarles la esperanza a todos los que aguantaron ese dolor en el pecho pensando que llegaría el día en el que Dios ajustaría las cuentas con el Diablo, para luego ver como cada diablo murió de viejo sin que dios apareciera en ningún lado.
Y nos dicen los políticos de derecha que se va a romper España por recuperar la memoria histórica. De verguenza se nos va a romper. Joderos cabrones que ahora vuestros generales son nuestros.
25 de diciembre de 2006
Y nos dicen que se va a romper España...
Publicado por
Rosalia
en
11:22
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2 comentarios:
Brillante, muy brillante texto. Excelente, pero solo parcialmente cierto. Claro que la parcialidad es una opción, la alineación es una opción, creer que la verdad reside en un único lugar es una opción. No seré yo quien busque cementerios en lugares que no lo son para remover la tierra y sacar a la luz huesos de asesinados en las checas de Madrid o en cualquier reducto de ignominia en el que los vencedores obraron con felonía sangrienta. Muertos inocentes se pudren en todas las trincheras y que haya más o menos de un bando o de otro no hace más vivos a los muertos... Hace unos años, muchos de los políticos que hoy nos gobiernan, también ZP, junto con los que nos gobernaron, se dieron la mano de aucerdo, en el Parlamento, proclamando que estaba superada la Guerra Civil, que la reconciliación era un hecho sin vuelta atrás... Cómo miente la derecha y como miente la izquierda... Ahora algunos, no precisamente de derechas, pero tampoco de izquierdas, afirmamos que la guerra no ha acabado, que los perdedores de entonces no pararán hasta la reconquista y así- porque la alternancia de gobiernos y de bandos existe- hasta el fin de los tiempos. ¡¡Que bonito!!
La historia la escriben los vencedores, pero lo terrible de nuestro país es que los vencedores fueron los que no creían en la libertad, ni en la democracia, ni en la tolerancia, ni en el divorcio, ni en la libertad de cultos. Y ahora los hijos de aquellos vencedores son los que más arrastran esas palabras por el asfalto de Madrid junto con los de Falange Española. Todo esto hay que decirlo bien alto, que no nos engañen.
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